Valbelluna
Imagina lugares donde todo transcurre a cámara lenta y la naturaleza se expresa sin filtros: bienvenido a Valbelluna, un antiguo valle vibrante que combina la cultura de las ciudades amuralladas con la fuerza de los bosques y los lagos. Aquí cada pueblo, cada sendero y cada plato tiene una historia que descubrir.
Subir por las calles del centro de Belluno significa atravesar elegantes plazas, fuentes centenarias y vistas que, de forma inesperada, se abren ante los Dolomitas de Belluno. No muy lejos de allí, Feltre revela su corazón medieval: cada mes de agosto, el Palio transforma la ciudad en un viaje en el tiempo, repleto de jinetes, torneos de tiro con arco y caballos al galope. En Mel, perteneciente a la red de los Pueblos Más Bonitos de Italia, entre los palacios señoriales y el castillo de Zumelle cobran vida historias de batallas; mientras que, a pocos pasos, la Cueva Azul y la necrópolis paleovéneta albergan misterios capaces de despertar el interés aún a día de hoy.
En Valbelluna, la naturaleza se transforma en cada estación. En invierno, la estación del Alpe del Nevegal es el punto de referencia para el esquí y las raquetas de nieve con vistas a las Dolomitas de Belluno, mientras que en verano se transforma en un gimnasio natural para practicar senderismo, MTB y marcha nórdica. Más al este, se encuentra el Cansiglio, la meseta con uno de los bosques más antiguos de Europa: un lugar fascinante por sus hayas centenarias, su rica fauna y su follaje otoñal, que transforma el paisaje en un mosaico de colores dorados. En el punto de encuentro entre las tierras altas se abre Alpago, con el lago de Santa Croce, muy apreciado por los deportistas por el viento constante que sopla sobre él y que lo convierte en un lugar ideal para practicar vela, windsurf y kitesurf, pero también por quienes buscan relajarse en sus transparentes aguas.
Esta región también es reconocible por sus sabores y tradiciones. Desde la alubia Gialét, exponente de la slow food, hasta la miel con denominación miel DPO de las Dolomitas de Belluno, pasando por los platos que nunca faltan en las mesas de la zona —como el pastìn, los ñoquis de calabaza, la panada, quesos como el Piave y el Nevegal, la polenta con setas—, cada degustación es un encuentro con la identidad local.
Estos pueblos y aldeas aún conservan su cultura del trabajo: en ellos, los oficios ancestrales, las elaboraciones artesanales y las fiestas populares se convierten en ocasiones de encuentro y descubrimiento. Para marcar el año hay eventos que animan el valle, desde mercadillos navideños hasta recreaciones históricas, momentos en los que la comunidad y los visitantes se reúnen para compartir conocimientos, gusto y convivencia.
Cadore - Tre Cime - Comelico
Las cumbres de Le Tre Cime de Lavaredo son el símbolo universal de los Dolomitas: tres torres de roca que se elevan cual centinelas del paisaje y que parecen esculpidas. Subir a este lugar, siguiendo senderos que serpentean entre desfiladeros y refugios, significa entrar en una dimensión que combina naturaleza y memoria, entre trincheras de la Gran Guerra y vistas que dejan al visitante sin aliento.
En los márgenes de Le Tre Cime se encuentran dos espejos de agua icónicos: el lago de Misurina, el más grande de los Dolomitas, y el lago de Antorno, de dimensiones más contenidas. Ambos ofrecen escenarios únicos, con aguas que reflejan los picos y bosques, creando distintos ambientes en cada estación.
No muy lejos de allí, Auronzo di Cadore combina deporte y tradición: en invierno, las pistas del Monte Agudo ofrecen bajadas soleadas; en verano, el lago artificial se convierte en el escenario de excursiones, paseos en bicicleta por los Dolomitas y días a bordo de un barco.
Más al norte, en la frontera con Austria, el Val Comelico es un valle aislado y auténtico, lejos de los circuitos más concurridos de los Dolomitas. Su corazón es Padola, con pistas de esquí soleadas y aptas para familias, y un sinfín de rutas para recorrer con raquetas de nieve, entre bosques tranquilos y vistas panorámicas de paisajes intactos. En verano, los senderos y las bicicletas eléctricas permiten conocer nuevas perspectivas entre cabañas alpinas y pastos. Pero el Val Comelico no es solo naturaleza: también es una centro de referencia de la cultura ladina, que pervive en una lengua que se habla a diario, en las fiestas populares y en la arquitectura de madera y piedra, todas ellas testigo de una profunda conexión con la montaña.
El viaje termina en Cadore, una amplia y variada comunidad de montaña que combina naturaleza, arte y cultura. Pieve di Cadore alberga la casa natal de Tiziano Vecellio, uno de los genios del Renacimiento, mientras que los pueblos de los alrededores ilustran la historia de un territorio que ha sabido vivir de la madera, la artesanía y el comercio. El lago de Centro Cadore refleja paisajes que cambian con las estaciones, invitando a descubrir la montaña hasta sus aspectos más íntimos y cotidianos. Una zona que no solo es la puerta de entrada a los Dolomitas, sino también el centro neurálgico de su historia y tradiciones.
Arabba - Marmolada
Con sus 3.343 m de altura, la Marmolada es la Reina indiscutible de los Dolomitas. Aquí, en verano, los senderos de la Primera Guerra Mundial y las vías ferratas transmiten el origen de paisajes y recuerdos estrechamente ligados a la historia europea. El teleférico lleva hasta Punta Rocca, donde la terraza panorámica parece haber quedado suspendida en el aire, regalando una vista única sobre el glaciar y las paredes verticales; este es el punto de partida de la legendaria pista La Bellunese, 12 km de descenso constante hasta el Valle de Fodom.
Conforme se va bajando, el paisaje se abre y aparece el Castillo de Andraz, antigua fortaleza del siglo XI, base estratégica en las vías de tránsito que hoy ilustra el pasado militar y administrativo de estas tierras. Alrededor del castillo se extiende el valle, que en ladino es conocido como Fodom: esta comunidad todavía conserva su lengua, sus leyendas y sus tradiciones.
Colle Santa Lucia se presenta enmarcada en su altar panorámico, con el perfil del Monte Civetta al fondo, mientras que Livinallongo del Col di Lana conserva el recuerdo de una montaña convertida en símbolo de la Primera Guerra Mundial.
En el centro del valle se abre Arabba, el corazón deportivo de la zona. En invierno es una de las capitales del esquí: las pistas que bajan desde la estación de Porta Vescovo están comunicadas con el circuito de Sellaronda y la Marmolada, por lo que ofrecen la posibilidad de realizar bajadas técnicas y disfrutar de vistas espectaculares. En verano, la misma montaña se convierte en el punto de partida para excursiones, senderismo y rutas en bicicleta que llegan hasta los grandes pasos de montaña de los Dolomitas: Pordoi, Campolongo y Falzarego, lugares que siempre han sido un sueño para viajeros y deportistas.